En un mundo en el que las formas más nuevas de antropología se perciben con demasiada frecuencia como no totalmente antropológicas (Rees en Rabinow y Marcus 2008: 45), la principal preocupación de este capítulo consiste en llamar a los colegas antropólogos a examinar el significado para la antropología de las brechas entre lo que decimos que hacemos y lo que realmente hacemos en la práctica.
Ingold (2008) nos ha recordado recientemente que “la antropología no es etnografía”, un punto al que volveremos en breve y al que también deseamos añadir algo al señalar eso y también de que la etnografía no es observación participante. Al argumentar en contra de esta relación de estos tres términos disciplinarios fundamentales —antropología, etnografía, observación participante— que ha ocurrido en un pasado relativamente reciente (ver Gans 1999), estamos continuando con una postura contraria al sentido común antropológico que hemos adoptado desde hace algún tiempo, cada vez hay más y menos grados de franqueza (véase Hockey 2002; Forsey 2010a y b).
/image%2F1380391%2F20160923%2Fob_3922df_ojos-grandes-margaret-keane.jpg)
/image%2F1380391%2F20260306%2Fob_89f2bb_esther-hermitte.jpg)