Los autores explican que, en la tradición económica, el valor ha estado históricamente ligado a la producción, el trabajo y el mercado. Desde las teorías clásicas hasta las marginalistas, el valor se ha entendido como algo que puede medirse, ya sea a través del trabajo incorporado en los bienes o mediante su utilidad y su precio en el mercado. En este sentido, la economía tiende a concebir el valor como una categoría cuantificable, asociada a dinámicas de oferta y demanda y a procesos de intercambio formalizados.
En contraste, la antropología social aborda el valor como una construcción cultural y simbólica. Para esta disciplina, el valor no se reduce al precio ni a la utilidad económica, sino que se vincula con significados sociales, relaciones de poder, prestigio, reciprocidad y sistemas de creencias. Los bienes no solo circulan como mercancías, sino también como portadores de identidad, estatus y vínculos sociales. Así, el intercambio no siempre responde a una lógica estrictamente económica, sino que puede estar mediado por normas culturales, rituales o relaciones comunitarias.