Es un texto crítico que cuestiona las ideas simplificadas y estereotipadas con las que suele pensarse lo rural en el discurso académico, político y cotidiano. González analiza los “lugares comunes” como nociones repetidas que se aceptan casi sin cuestionamiento y que terminan ocultando la complejidad del mundo rural. Entre estos supuestos se encuentran la idea de que lo rural es sinónimo de atraso, pobreza, aislamiento, inmovilidad o tradición, en oposición a lo urbano entendido como moderno, dinámico y desarrollado. El autor muestra que estas dicotomías no solo son analíticamente pobres, sino que también tienen consecuencias políticas, ya que legitiman intervenciones externas, políticas asistencialistas o proyectos de desarrollo impuestos.
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